Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio. 6 01 2026
Horizontes, océanos y el límite de lo que podemos conocer del Universo
Si alguna vez has estado solo en una isla, mirando el mar en todas direcciones, habrás notado algo curioso, el océano parece terminar formando un círculo perfecto a tu alrededor. Sabes que no es así, sabes que más allá hay más agua, más islas, quizá otros continentes. Pero tu vista no llega tan lejos. El horizonte no marca el fin del mundo, sino el fin de tu capacidad de ver desde ese punto.
Cuando observamos el Universo ocurre algo muy parecido.
Desde la Tierra, los astrónomos miran el cielo y detectan galaxias hasta donde los instrumentos lo permiten, más allá de cierto punto, simplemente no vemos nada. No porque no haya “algo”, sino porque la información aún no ha llegado —y en muchos casos nunca llegará— hasta nosotros. Ese límite se llama horizonte cosmológico, y entenderlo cambia por completo la manera en que pensamos el Universo.
¿Existe un borde del Universo?
La pregunta surge casi de forma automática, si el Universo lo contiene todo, ¿no debería tener un borde en algún lugar? La intuición cotidiana nos dice que sí, todo lo que conocemos tiene límites: una habitación, una ciudad, incluso una galaxia. Pero el Universo no es un objeto dentro de algo mayor, es, por definición, el conjunto de todo lo que existe.
Si habláramos de un “borde” del Universo, inmediatamente tendríamos que preguntarnos ¿qué hay al otro lado?. En ese mismo instante, ese “otro lado” pasaría a formar parte del Universo, por eso, cuando se piensa con cuidado, la idea de un borde físico pierde sentido.
Sin embargo, hay otra forma —más precisa— de plantear la pregunta: si el Universo se está expandiendo, ¿qué significa realmente esa expansión?
Un espacio que se estira
A comienzos del siglo XX, Albert Einstein revolucionó nuestra comprensión de la gravedad al mostrar que el espacio y el tiempo son entidades dinámicas, no escenarios rígidos. Cuando sus ecuaciones se aplicaron al conjunto del cosmos, apareció un resultado inesperado, el Universo no podía permanecer inmóvil. Tenía que cambiar, expandirse o contraerse.
Pocos años después, Edwin Hubble confirmó observacionalmente que las galaxias se alejan unas de otras. No es que estén saliendo disparadas desde un centro común, como fragmentos de una explosión convencional, lo que ocurre es más sutil: el espacio entre ellas se va estirando.
La expansión del Universo no es un movimiento “hacia afuera”. No hay un exterior en el que el cosmos esté creciendo, es el propio espacio el que se expande en todas direcciones al mismo tiempo.
Universos sin borde
Las teorías actuales permiten imaginar distintos tipos de Universos, uno podría extenderse infinitamente, sin límites espaciales, otro podría estar curvado, de modo que viajar siempre en línea recta acabaría devolviéndonos al punto de partida, sin topar jamás con un borde, como sucede en la superficie de la Tierra.
En ambos casos, el Universo no tendría un final espacial, no existiría una pared cósmica ni un “aquí termina todo”.
Entonces, ¿por qué los astrónomos hablan de un Universo observable?
El tiempo también impone límites
Aquí entra en escena un factor clave, el tiempo. Según las teorías actuales, el Universo tiene una edad finita, comenzó hace unos 13.800 millones de años en lo que llamamos el Big Bang. Eso significa que la luz ha tenido un tiempo limitado para viajar, es decir, no podemos ver objetos cuya luz aún no ha llegado hasta nosotros.
Como resultado, estamos rodeados por una enorme burbuja de espacio observable. Todo lo que vemos —galaxias, cúmulos, radiación— se encuentra dentro de esa región. Más allá, el Universo continúa, pero permanece invisible desde nuestra posición actual. Este límite no es fijo ni material, es una frontera definida por la velocidad de la luz y por la historia de la expansión del cosmos.
El horizonte cosmológico
Recordemos que el Big Bang marca el límite de lo que podemos reconstruir con evidencia, no el límite de lo que puede existir. A ese límite se lo denomina horizonte cosmológico, funciona de manera muy similar al horizonte del mar. Desde una isla, el océano parece acabar en un círculo lejano. Desde la Tierra, el Universo observable también forma una especie de esfera a nuestro alrededor, la Esfera Celeste.
Sabemos que más allá hay más Universo, las leyes físicas no sugieren que el cosmos termine abruptamente en ese punto. Simplemente, la información proveniente de regiones más lejanas no ha tenido tiempo suficiente para alcanzarnos.
Además, debido a la expansión acelerada del Universo, impulsada por la denominada energía oscura, algunas regiones se alejan tan rápidamente que su luz jamás llegará a nosotros, ni siquiera en un futuro infinito.
El límite no es físico, es cognitivo
Este detalle es fundamental, el horizonte cosmológico no es un borde del espacio, es un borde del conocimiento.
No marca el final del Universo, solo indica el final de lo que podemos observar, medir y comprobar, todo lo que sabemos sobre la estructura del cosmos —sus leyes, su historia, sus constantes— está basado en lo que ocurre dentro de esa región accesible, quizás un grano de arena en un universo infinito.
Más allá del horizonte, extrapolamos con modelos sólidos y coherentes, pero sin observación directa. Esto es algo importante, no todo lo que es razonable desde el punto de vista teórico puede confirmarse empíricamente, por otra parte razonable no significa necesariamente real.
¿Un Big Bang local?
Esto conduce a una pregunta incómoda, pero legítima, si solo tenemos acceso a una parte del Universo, ¿el Big Bang que describimos corresponde al origen de todo, o solo al origen de nuestra región observable?
La cosmología estándar sostiene que el Big Bang ocurrió en todas partes a la vez, dando origen al espacio y al tiempo. Esa idea funciona muy bien para explicar lo que observamos, sin embargo, más allá del horizonte cosmológico no tenemos manera directa de comprobarlo.
No significa que el Big Bang haya sido “local” en sentido físico, significa que nuestro conocimiento de él es necesariamente local, limitado por el horizonte, una burbuja.
Vivir en un Universo con horizonte
Volvamos, una última vez, a la isla, desde ella, podemos estudiar el mar visible con enorme precisión. Podemos medir mareas, corrientes, temperatura, composición química, incluso podemos construir modelos muy confiables sobre el océano más allá del horizonte. Pero el horizonte sigue allí, recordándonos que hay una diferencia entre lo que existe y lo que podemos ver, más allá hay continentes, ciudades, ingentes cantidades de seres humanos que simplemente no podemos observar ni con los telescopios más potentes.
El Universo funciona del mismo modo, no vivimos en un cosmos pequeño ni encerrado, vivimos en un cosmos vastísimo, cuyo tamaño y complejidad exceden estructuralmente nuestra capacidad de observación y nuestra capacidad de comprensión, el verdadero límite no está “ahí afuera”, sino en el alcance de la luz y del tiempo.
Más allá del horizonte cosmológico no hay un final, hay, simplemente, más Universo… fuera de nuestra vista quizás para siempre.
El Tonal y el Nagual
En el libro Las enseñanzas de DonJuan de Carlos Castaneda, Don Juan explica la diferencia entre Tonal y Nagual usando una mesa como ejemplo y dice:
“Todo lo que está encima de la mesa —los libros, las tazas, la cuchara, el mantel— eso es el Tonal. El Tonal es todo lo que conoce uno, lo que puede nombrarse, lo que puede ponerse en categorías.
Todo lo que está más allá de los bordes de la mesa —todo lo que no puedes poner en palabras ni enlazar con un concepto— eso es el Nagual. El Nagual es todo lo que siempre permanece desconocido e inasible.” (traducción libre / paráfrasis del pasaje)*
Nuestro Tonal es el Horizonte Cosmológico, y nuestro Nagual es lo que nunca conoceremos ni podremos imaginar.
*Castaneda, C. (1968). Las enseñanzas de Don Juan: Una forma yaqui de conocimiento. Fondo de Cultura Económica.