PILAUCO, 40 AÑOS DE UNA GRAN HISTORIA

Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio. 13 02 2026.

A veces una gran historia comienza con un hallazgo fortuito, corre de boca en boca, la prensa lo recoge y lo describe en un pequeño artículo, que sin saberlo marca un antes y un después en la historia.

En febrero de 1986, un grupo de obreros trabajaba en la construcción de viviendas en el sector Los Notros de Osorno, de pronto la pala golpeó algo duro, pero no sonó como una piedra. Unos minutos de trabajo bastaron para descubrir los restos de la mandibula de un animal extraño, enorme, una gran cabeza con enormes dientes o muelas, y poco a poco fueron apareciendo más y más huesos.

La obra se detuvo, estaban conmocionados, nadie había visto algo parecido, pensaron que no era algo común y dieron el aviso a las autoridades. Así, de forma casual vió la luz uno de los hallazgos arqueológico, paleontológico e histórico más importantes a la fecha en Chile.

El Diario Austral de Osorno, el Jueves 13 de febrero del año 1986 informaba lo siguiente.

“Restos de un animal prehistórico cuya existencia puede calcularse de miles a millones de años y que podría ser un mastodonte o un megaterio dentro de las mayores posibilidades que se manejan, fueron encontrado por un grupo de trabajadores en el sector Pilauco Bajo, donde en estos momentos esta siendo construido el conjunto habitacional “Los Notros”.

El hallazgo fue hecho mientras las cuadrillas realizaban excavaciones en las faldas del cerro y en un lapso de cuatro días extrajeron parte de una gigantesca mandíbula, con parte de sus molares, una vértebra toráxica y trozos de huesos de sectores de la estructura del animal no precisados, a excepción de la parte de una costilla.”

Cuando Pilauco era un humedal lleno de gigantes

Hace unos 12.500 años, el lugar donde hoy está la población Los Notros, en Osorno, no era una ciudad, no había calles, casas, autos, internet o televisión.

Allí corría un antiguo brazo del río Damas que, al cambiar su curso, dejó una curva abandonada. En ese espacio comenzó a formarse un humedal, un pantano de aguas poco profundas, con vegetación acuática, barro oscuro y suelos blandos. Era el final de la última Edad del Hielo.

El clima todavía era frío, pero ya no extremo, los glaciares retrocedían lentamente hacia la cordillera de Los Andes. El nivel del mar subía, el paisaje era dinámico, cambiante. El río se desbordaba algunas veces, luego volvía a su cauce, entre crecidas y periodos más tranquilos, el pantano crecía y se llenaba de vida.

El paisaje

El terreno era húmedo, con zonas encharcadas y otras más firmes, había juncos, plantas acuáticas y pequeños bosques cercanos. Los análisis de polen muestran que la vegetación respondía a cambios climáticos importantes, momentos más fríos, otros más templados, variaciones en las lluvias. Las diatomeas —microalgas que viven en el agua— indican que el humedal era poco profundo, como una orilla tranquila donde el agua casi no corría.

El barro era oscuro, rico en materia orgánica. Un barro especial. Un barro que preserva.

Los animales

Por allí caminaban grandes mamíferos, Gonfoterios —parientes antiguos de los elefantes— avanzaban pesadamente por el borde del humedal. También había caballos americanos, coipos, pequeños roedores, zorrinos y aves. Insectos como coleópteros habitaban entre la vegetación. El sitio conserva incluso fragmentos de piel y pelos, algo extraordinario en paleontología.

Era un mundo donde aún existía la megafauna, gigantes herbívoros que durante miles de años habían dominado el continente. Pero no estaban solos.

Los seres humanos

Los primeros grupos humanos ya habían llegado al sur de Chile, eran cazadores-recolectores, gente curtida por los grandes viajes, por las condiciones del clima, acostumbrados a sobrevivir en ambientes hostiles. Se desplazaban en pequeños grupos familiares, observaban, exploraban, aprendían el territorio. Conocían las estaciones, los animales, las plantas comestibles.

No construían ciudades, no dejaban grandes monumentos, pisaban suabe sobre la tierra, su huella era ligera.

Una tarde cualquiera, uno de ellos cruzó el humedal, el sonido del chapoteo del agua se perdía entre el ruido ambiental. Quizás iba siguiendo animales, o tal vez regresaba al campamento. Pisó el barro blando junto a la orilla, el pie se hundió. Al levantarlo, quedó marcada la forma, talón, arco, dedos, del pie un pequeño trozo de barro que se había adherido, cayó lentamente, nadie lo advirtió, dejó un pequeño montículo sobre la huella.

Una huella más.

Esa huella nos habla de un ser humano que a lo largo de su vida, dejó sobre el terreno cientos de millones de huellas, pero de ellas solo una sobrevivió, como mudo testigo, impresa en barro, enterrada por decenas de miles de años.

Es un trocito minúsculo de historia, congelada en el tiempo, esperando pacientemente por miles de años en la oscuridad, a ser descubierta.

Poco después, una crecida suave cubrió la marca con una fina capa de sedimento. Luego otra y otra. El barro quedó sellado, sin oxígeno, protegido. El tiempo pasó, siglos. Milenios. Por un milagro, ningún otro animal pisó sobre ella. La huella permaneció ahí, dormida bajo la turba.

El momento del cambio

El final del Pleistoceno no fue tranquilo, el clima cambió rápidamente, se registraron pulsos de calentamiento importantes, los ecosistemas se transformaron.

Algunas evidencias sugieren incluso el posible coque de un cometa o de fragmentos cometarios en distintas regiones del planeta en ese periodo, asociados a incendios extensos y alteraciones ambientales.

Sea cual haya sido la combinación exacta de causas —cambio climático acelerado, presión humana, eventos catastróficos— lo cierto es que la megafauna comenzó a desaparecer.

Los gonfoterios se extinguieron, también otros grandes animales, jaguares, camélidos, caballos americanos. Junto con ellos se extinguieron especies de insectos, lo sabemos porque sus restos se conservaron.

Los paisajes abiertos dieron paso, poco a poco, a ecosistemas más parecidos a los actuales. El río Damas se estabilizó en un nuevo curso, el antiguo humedal se fue secando lentamente, la turba cubrió lo que había quedado.

La huella humana quedó enterrada bajo metros de sedimento.

Del pantano a la ciudad

Miles de años después, la ciudad de Osorno se expandió. Se construyeron casas sobre ese antiguo humedal. Esedía de febrero de  1986, el sonido de una pala, fue el aviso de que se había abierto una ventana al pasado.

Décadas más tarde, las excavaciones científicas revelaron algo más profundo, no solo animales, sino semillas, insectos, diatomeas… y la huella humana.

Esa huella no es especial porque sea única, es especial porque sobrevivió a cambios climáticos, al colapso de ecosistemas, a la extinción de animales gigantes, a miles de inviernos y veranos, a la formación de una ciudad.

Es el registro mínimo y poderoso de un instante, un ser humano, uno de nuestros antepasados, caminando por el barro hace 15.600 años.

Un gesto cotidiano que el azar, la geología y la química decidieron preservar para el futuro. Una arqueóloga de gran talento supo discernir que la masa de lodo contenía una huella intacta, si así no hubiese sido, se habría perdido para siempre.

Hoy, al mirarla, entendemos que no somos ajenos a ese paisaje. Somos parte de una historia larga, frágil y cambiante. Pilauco no es solo un sitio paleontológico, es una abertura que nos permite mirar con gran detalle hacia un pasado remoto, un tiempo profundo.

Y todo comenzó con una pisada en un pasado remoto.

Referencia:

Pino, M. (2008). Pilauco, un sitio complejo del Pleistoceno tardío: Osorno, Norpatagonia chilena, temporada noviembre 2007–noviembre 2008. Valdivia, Chile: Universidad Austral de Chile. https://www.researchgate.net/publication/235736531_Pilauco_un_sitio_complejo_del_Pleistoceno_tardio