MIRAR EL UNIVERSO DESDE UN PUNTO CIEGO

Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio. 18 01 2026

“Lo esencial es invisible a los ojos.”

Durante la mayor parte de la historia humana, observar el cielo fue un acto profundamente limitado. Nuestros ancestros miraban el universo a simple vista, desde un pequeño planeta, sin instrumentos ópticos, sin matemáticas avanzadas y sin una noción clara de la escala real del cosmos. El firmamento se presentaba como una cúpula cercana, ordenada y estable, la “esfera celeste” donde el Sol, la Luna y las estrellas parecían girar alrededor de la Tierra.


Estas limitaciones físicas se entrelazaban con limitaciones culturales, los fenómenos naturales se interpretaban como manifestaciones de fuerzas sobrenaturales, dioses o espíritus. Un eclipse podía ser un presagio, un cometa un anuncio de catástrofe, la Vía Láctea un río sagrado. No era ignorancia en sentido peyorativo, sino una forma coherente de comprender el mundo desde los marcos disponibles. El universo era pequeño, seguro y cargado de significado simbólico.

La ciencia del siglo XIX: precisión creciente, límites persistentes.

En el siglo XIX, la situación cambió radicalmente. Telescopios, cronómetros, sextantes y observatorios permitieron medir con una precisión inédita. Astrónomos como Juan Mouat, aplicaban el conocimiento del cielo para la navegación oceánica. Herschel o Le Verrier podían cartografiar el cielo, calcular órbitas y estimar distancias. El universo dejó de ser un escenario mítico y pasó a concebirse como un gran mecanismo regido por leyes físicas.

Sin embargo, esta revolución también estuvo atravesada por límites profundos, se creía que la Vía Láctea era prácticamente todo el universo. Las “nebulosas” eran objetos difusos cuyo verdadero tamaño y naturaleza se desconocían. El átomo se imaginaba como una pequeña esfera sólida; la energía y la materia parecían entidades bien definidas y separables. La luz era una onda clásica. El tiempo era absoluto.


La ciencia decimonónica avanzó enormemente, pero lo hizo desde un marco cultural mecanicista, eurocéntrico y profundamente optimista, que asumía que el conocimiento completo estaba al alcance de la razón humana y de la tecnología.

Hoy: un universo inmenso, extraño y radicalmente incompleto

En el siglo XXI, miramos el cosmos con telescopios espaciales, detectores de ondas gravitacionales y observatorios de rayos gamma. Y, sin embargo, nuestra situación es paradójica: sabemos muchísimo más, pero entendemos que esto ha aumentado nuestra conciencia de lo que ignoramos.

Intentamos comprender el universo desde una posición radicalmente limitada.
Observamos desde un punto específico del espacio, en la periferia de una galaxia cualquiera, inmersos en una región dominada por un gran vacío cósmico y durante un intervalo de tiempo ínfimo comparado con las escalas cosmológicas. Solo vemos una burbuja: el universo observable. Más allá de ese horizonte, incluso con tecnología ideal, nada es accesible causalmente.

Conocemos apenas una fracción de lo que existe.


La materia visible representa un pequeño porcentaje. El resto es materia oscura y energía oscura, entidades inferidas por sus efectos, pero cuya naturaleza ignoramos. No sabemos cuánta energía existe realmente ni si nuestras categorías conceptuales son adecuadas para describirla.

Incluso nuestras leyes físicas descansan sobre supuestos frágiles, constantes que asumimos universales, pero que solo hemos verificado localmente; modelos que funcionan bien en ciertos rangos, pero colapsan cuando intentamos unificar gravedad y mecánica cuántica; una noción de vacío que ya no es “nada”, sino un campo fluctuante cargado de energía que no sabemos integrar coherentemente en una teoría completa.

De un modo inquietantemente similar a como el éter cumplió ese rol en el siglo XIX, hoy el ‘vacío cuántico’ funciona como una sustancia teórica invisible y omnipresente que necesitamos postular para que nuestras teorías sigan siendo coherentes, aun cuando sabemos que podría ser una construcción provisional destinada a ser reemplazada.

A todo esto se suman nuestras limitaciones cognitivas y culturales.
La mente humana evolucionó para sobrevivir en escalas cotidianas, no para comprender curvaturas del espacio-tiempo, inflación cósmica o universos múltiples. La ciencia, además, no es neutra: es una producción histórica, situada, con sesgos, prioridades políticas y límites tecnológicos.

Una visión actual del universo: mapa provisional, no verdad final

Hoy entendemos el universo como una estructura dinámica, en expansión acelerada, organizada en filamentos, nodos y grandes vacíos. Sabemos que las galaxias nacen, evolucionan y mueren, que el tiempo y el espacio forman una sola entidad, y que la realidad, en su nivel más profundo, es extraña, probabilística y contraintuitiva.

Pero también sabemos algo más importante, nuestros modelos no son descripciones últimas de la realidad, sino mapas parciales, eficaces localmente, provisorios y revisables. Funcionan, pero no agotan lo real.

¿Qué podría ser el universo?

Quizás el universo sea mucho más que lo que podemos observar, un multiverso, una estructura con dimensiones adicionales, un sistema donde las constantes varían, o algo que todavía no tenemos lenguaje para nombrar.


Tal vez nuestras teorías actuales sean, para el futuro, lo que fueron los mitos antiguos o la mecánica decimonónica, intentos valiosos, pero incompletos, de dar sentido a lo desconocido.

Comprender el universo no es revelar una verdad definitiva, es aceptar que miramos desde un punto ciego, construir conocimiento con humildad y reconocer que nuestras limitaciones no son un obstáculo accidental, sino la condición misma de posibilidad de la ciencia.

En ese gesto, lejos del dogmatismo y del nihilismo, se juega lo más profundo de la epopeya humana: seguir preguntando, sabiendo que nunca veremos el todo.

A fines del siglo XIX, muchos científicos creían que la física estaba prácticamente completa y que solo restaba medir con mayor precisión, una confianza que se derrumbó pocas décadas después con la relatividad, la mecánica cuántica y la expansión del universo.

¿Qué nuevos descubrimientos derrumbarán el edificio de la ciencia actual?.