Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio 15 01 2026
En torno a 1840, época en que operaba el observatorio de Don Juan Mouat en Valparaíso, la visión del universo que compartían la mayoría de los astrónomos puede describirse como newtoniana, heliocéntrica, finita y jerárquica, con importantes zonas de incertidumbre.
El paradigma dominante era el de Isaac Newton, el universo funcionaba como una máquina regida por leyes matemáticas universales, en particular la gravitación. Se asumía un espacio absoluto y un tiempo absoluto. No existía aún relatividad, ni cosmología moderna.
El modelo heliocéntrico estaba plenamente aceptado. Las órbitas planetarias se describían con gran precisión gracias a: Kepler (leyes orbitales) Newton (gravitación)
Ya se conocían: Urano (1781) Asteroides (Ceres desde 1801). Neptuno fue descubierto en 1846.
Se sabía que las estrellas eran otros soles, no luces fijas. Sin embargo las distancias estelares eran prácticamente desconocidas. La primera paralaje estelar fiable se midió recién en 1838 (Bessel). No existía una imagen tridimensional clara de la Vía Láctea.
Para muchos astrónomos, la Vía Láctea equivalía al universo entero. Se concebía como un sistema estelar enorme, de forma discoidal o irregular. El Sol no ocupaba el centro, pero su posición exacta era incierta.
Las nebulosas eran el gran problema cosmológico del siglo XIX, todavía no se sabía si eran nubes de gas dentro de la Vía Láctea o sistemas estelares independientes (otras galaxias).
La figura en este artículo es una imagen histórica representativa de cómo se creía que era la Vía Láctea a mediados del siglo XIX, basada en los mapas de estrellas realizados por William Herschel alrededor de 1784–1785, que siguieron influyendo en la astronomía de 1840.
La lámina representa una “sección del universo estelar” construida por Herschel mediante star-gages o conteo de estrellas en distintas direcciones (método pionero de William Herschel y su hermana Caroline), y fue la representación más cercana a un “mapa” de la Vía Láctea disponible en su tiempo (siglo XVIII–XIX).
La idea de “universos isla” (Kant) existía, pero no era consenso, señalaba que las nebulosas observadas en el cielo no eran nubes internas de la Vía Láctea, sino sistemas estelares independientes —otras galaxias— separados entre sí por vastos espacios, cada uno funcionando como un cosmos autónomo. En 1924 Edwin Hubble demostró que las nebulosas espirales eran galaxias independientes fuera de la Vía Láctea, estableciendo que el universo es mucho más grande de lo que se creía.
A finales del siglo XVIII y aún bien entrado el siglo XIX, muchos astrónomos concebían la Vía Láctea como un sistema estelar finito y plano cuya forma podía inferirse contando estrellas en distintas direcciones del cielo, el mismo método que usó Herschel para construir mapas estelares mostrando un disco alargado, con más estrellas hacia el plano galáctico y con el Sol aparentemente cerca del centro de esta distribución. Estas representaciones no tenían en cuenta la absorción de luz por polvo interestelar, por lo que la forma verdadera era todavía mal entendida.
No existía la noción de expansión del universo, el Big Bang o evolución cosmológica. El universo se pensaba como eterno, estable, regido por leyes inmutables
Para muchos astrónomos de 1840, el orden del cosmos reforzaba una visión teísta o deísta, Dios era el arquitecto racional del universo. Ciencia, teología natural y filosofía aún estaban entrelazadas.
El Universo era inmenso, pero aún estaba contenido en la Vía Láctea.