LA BOLA DEL TIEMPO

El time ball de Juan Mouat y la sincronización del mundo en Valparaíso

Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio. 11 01 2026

El día en que el tiempo se hizo visible

En 1843, El Mercurio de Valparaíso (27 02 1843) publicó una nota que, a primera vista, podía parecer menor. El texto informaba entre otros, sobre la instalación de una bola horaria en el cerro Cordillera, destinada a señalar con precisión la hora exacta a los buques fondeados en la bahía, no era una crónica política ni un anuncio comercial, era una comunicación técnica, práctica, dirigida a marinos, comerciantes y navegantes.

Sin embargo, en ese gesto aparentemente simple se condensaba una transformación profunda, por primera vez, el tiempo dejaba de ser un conocimiento reservado a relojes privados u observatorios cerrados y se convertía en una señal pública, visible, compartida. Cada día, a una hora precisa, una gran bola caía por un mástil y, en ese instante, la ciudad y el puerto se sincronizaban con un orden temporal que ya no dependía del oído, de la estimación o de la costumbre, sino de la observación astronómica precisa.

Detrás de ese dispositivo estaba Juan Mouat, relojero e ingeniero escocés, avecindado en Valparaíso desde 1836. El artículo de El Mercurio no solo describía un mecanismo. Daba cuenta de la llegada del tiempo moderno a la costa del Pacífico sur.

El problema del tiempo en el siglo XIX

Durante el siglo XIX, Valparaíso se consolidó como uno de los principales puertos del Pacífico. Por sus aguas circulaban mercancías, personas, noticias y capitales. Pero esa circulación dependía de algo menos visible y mucho más frágil, la precisión temporal.

Desde fines del siglo XVIII, la determinación de la longitud geográfica se basaba en la comparación entre la hora local y la de un meridiano de referencia. Un error mínimo en un cronómetro podía traducirse en desvíos de cientos de kilómetros, así, navegar sin una hora confiable no era solo impreciso, era peligroso.

Por ello, el tiempo se transformó en una infraestructura crítica. No bastaba con poseer buenos instrumentos. Era necesario calibrarlos, verificarlos y sincronizarlos de manera regular. En los grandes puertos del mundo, esta necesidad dio origen a observatorios, señales horarias y sistemas públicos de referencia temporal.

Juan Mouat y la decisión de hacer público el tiempo

Juan Mouat comprendió este problema desde su formación en Escocia. Instalado en Valparaíso, abrió una relojería en la Plaza de la Aduana, donde reparaba y ajustaba cronómetros navales, su prestigio técnico quedó consolidado cuando reparó el célebre cronómetro Kendall K2, el mismo que había acompañado al capitán William Bligh en el viaje del Bounty.

Pero Mouat fue más allá del trabajo artesanal. Entendió que, en un puerto como Valparaíso, el tiempo no podía permanecer encerrado en talleres ni depender de consultas individuales, debía hacerse visible, confiable y común.

Por ello, hacia 1842, construyó su casa en el cerro Cordillera, en un punto dominante sobre la bahía, en terrenos del antiguo Castillo San José. Allí instaló el primer observatorio astronómico de Chile, concebido no solo para la observación científica, sino para una función concreta y cotidiana, la determinación de la hora exacta.

El time ball, una señal simple para un mundo complejo

Desde ese observatorio, Mouat implementó una solución tan sencilla como eficaz, sobre un mástil blanco, de aproximadamente doce metros de altura, colocó una gran bola negra. Minutos antes de la hora señalada, la bola comenzaba a elevarse, en el instante exacto, caía abruptamente. Así lo describe el Dayli Colonialist del 16 de mayo de 1877.

Editor del Colonist:
Puede ser de interés para los capitanes de buques y para otros que deseen regular sus cronómetros o corregir sus relojes, saber que cuando uno de los buques de Su Majestad Británica se encuentre presente en cualquier puerto del Pacífico, dicho buque (o el de mayor antigüedad, si hay más de uno) marca la hora diariamente mediante una bola del tiempo al mediodía.

La bola se iza “a medio mástil” aproximadamente a las 11:55, se eleva completamente alrededor de las 11:58 y se deja caer exactamente en el instante del mediodía.

Cuando la señal con bandera británica está presente, algunas personas tienen la costumbre de corregir sus relojes por el cañonazo vespertino, pero debe entenderse que el disparo solo marca la hora de manera aproximada, mientras que en el caso de la bola del tiempo, el margen de error no debería exceder medio segundo.

Soy de usted, señor, su obediente servidor,
A. F. R. de Horsey,
Contraalmirante y Comandante en Jefe
de los buques de Su Majestad Británica en el Pacífico.

El anuncio era técnico, casi rutinario. Pero leído en perspectiva, funcionaba como un eco lejano. Lo que en 1843 había sido una innovación pionera, en 1877 aparecía como parte de un sistema ya establecido, casi invisible por su normalidad.

El tiempo había sido domesticado, la señal que alguna vez sorprendió al puerto ya no llamaba la atención, cumplía su función y se apagaba la vorágine de la modernidad.

El sistema no era una invención local, el time ball había sido propuesta por el capitán británico Robert Wauchope en la década de 1820 y se había implementado oficialmente en el Observatorio de Greenwich en 1833. Desde allí, el modelo se expandió por los principales puertos del mundo.

Lo notable es que Valparaíso se incorporó a esa red de sincronización global de manera temprana. La evidencia disponible indica que el time ball de Mouat, operativa en 1843, fue la primera conocida en América, anterior incluso a las instaladas en Estados Unidos a partir de 1845.

Valparaíso como nodo del tiempo global

Con el time ball, Valparaíso dejó de ser solo un punto de intercambio comercial. Se convirtió también en un nodo temporal. Cada caída de la bola conectaba el puerto con Greenwich, con el Pacífico y con una red mundial de navegación que comenzaba a regirse por horarios compartidos y referencias comunes.

El tiempo, hasta entonces fragmentado y local, adquiría una dimensión pública y verificable. No era una abstracción filosófica ni una convención cultural. Era una señal visible en el paisaje urbano, una interfaz entre astronomía, técnica y vida cotidiana.

Una señal que cayó y desapareció

No está claro con exactitud cuándo dejó de operar el time ball, Juan Mouat falleció en 1871, aunque el artículo del Dayli Colonist de 1877 señala que seguía en funcionamiento. La idea, sin embargo, persistió. La Armada de Chile instaló un nuevo time ball en 1894, y más de un siglo después, en 2015, la tradición fue recuperada con fines patrimoniales.

Hoy, en una época dominada por satélites y relojes atómicos, resulta difícil imaginar la importancia de una bola que caía desde un mástil, pero en el siglo XIX, esa caída marcó un cambio decisivo, fue el momento en que el tiempo se hizo visible, público y compartido.

El artículo de El Mercurio de 1843 marca el inicio de ese proceso. El anuncio del Daily Colonist de 1877, su cierre silencioso. Entre ambos, Valparaíso fue escenario de una transformación profunda, el tiempo, por un instante en la historia, cayó del cielo y ordenó el mundo.

*Daily Colonist (16 de mayo de 1877) https://archive.org/details/dailycolonist18770516uvic/page/n1/mode/2up?q=time+ball+valparaiso