Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio. 20 05 2026
El incómodo testimonio de un protestante sobre Chile
James Melville Gilliss no observó Chile desde una posición neutral en términos religiosos. Era un oficial estadounidense formado en un ambiente protestante, y esa condición marcó profundamente su mirada sobre la sociedad chilena de mediados del siglo XIX. En el capítulo dedicado a “La Iglesia y sus ceremonias”, su descripción no se limita a registrar prácticas religiosas: construye una crítica amplia al poder social, político y cultural de la Iglesia católica en Chile. Para Gilliss, el catolicismo chileno no era solo una religión mayoritaria, sino una institución dominante que regulaba la vida pública, la educación, los matrimonios, los entierros, las ceremonias urbanas y aun la conducta cotidiana de creyentes y no creyentes.
El punto de partida de su crítica es constitucional. Gilliss recuerda que la Constitución de 1833 declaraba que la religión de la República de Chile era la “Católica Apostólica Romana”, excluyendo el ejercicio público de cualquier otra. Desde su perspectiva, esta norma expresaba una forma de intolerancia institucionalizada, especialmente visible en la situación de los protestantes residentes en Valparaíso y Santiago. Según el texto, solo cuando los protestantes en Valparaíso llegaron a ser demasiado numerosos como para ser ignorados, se les permitió usar una capilla y disponer de un terreno para sepultura, aunque sin plena libertad pública de culto.
Uno de los aspectos que más indignaba a Gilliss era el trato dado a los muertos no católicos. El texto menciona la negativa a enterrar en suelo consagrado a extranjeros considerados “herejes”, así como entierros realizados en espacios marginales, como fortalezas o recintos militares. En Santiago, señala que algunos extranjeros fueron sepultados dentro de los muros del castillo de Santa Lucía, por encontrarse fuera del ámbito de la Iglesia católica. Esta observación es importante, porque muestra que Gilliss no veía el problema religioso como una mera diferencia doctrinal, sino como una exclusión social concreta que afectaba incluso el destino de los cuerpos después de la muerte.
La crítica se vuelve todavía más fuerte cuando aborda los matrimonios mixtos entre católicos y protestantes. Gilliss cita el caso del matrimonio de un encargado de negocios de Estados Unidos con una mujer chilena, unión rechazada por el arzobispo por dos razones: porque el contrayente era protestante y porque el matrimonio no se había realizado conforme a la normativa católica. La carta eclesiástica citada en el texto llega a sostener que, aunque la mujer pudiera ser considerada esposa legítima por la ley norteamericana, “en presencia de Dios” no lo era, y que vivía en una unión prohibida.
Este episodio permite entender la profundidad del conflicto. Para Gilliss, la Iglesia chilena pretendía extender su jurisdicción incluso sobre las legaciones extranjeras y sobre actos realizados bajo protección diplomática. Desde su punto de vista protestante y liberal, aquello constituía una intromisión abusiva del poder eclesiástico en la vida civil, familiar y diplomática. Por eso afirma que un extranjero educado en la fe protestante se veía, en la práctica, obligado a abjurar de ella si quería casarse en Chile, aceptar que su esposa continuara bajo disciplina católica y que sus hijos fueran educados en esa misma religión.
Otro eje de su crítica es la teatralidad de las ceremonias católicas. Gilliss describe procesiones, fiestas religiosas, Semana Santa, Cuasimodo, el paso del viático por las calles, la obligación social de arrodillarse ante la hostia y la presión ejercida sobre quienes no participaban de esos gestos. En un pasaje particularmente revelador, relata que al no arrodillarse durante una ceremonia fue increpado violentamente por un asistente, quien le preguntó cómo se atrevía a permanecer sentado mientras los demás se arrodillaban. El episodio muestra que Gilliss percibía la religiosidad pública chilena como un sistema de vigilancia social, donde incluso el extranjero respetuoso podía ser tratado como hereje si no reproducía los signos externos esperados.
Su crítica no se dirigía únicamente contra la devoción popular. También apuntaba a la estructura institucional de la Iglesia. Gilliss sostiene que los “potentados” de la Iglesia se presentaban como instructores no para derribar barreras, sino para controlar la educación, inculcar principios que perpetuaran su dominio y limitar la extensión del conocimiento. Esta frase es central, porque vincula su mirada religiosa con una crítica política y cultural: para él, la Iglesia no solo administraba sacramentos, sino que actuaba como una fuerza conservadora que restringía el progreso intelectual de la sociedad chilena.
Desde una lectura historiográfica, estas observaciones ayudan a explicar por qué Gilliss pudo haber resultado incómodo para ciertos sectores de la memoria histórica chilena posterior. Su obra no ofrecía simplemente datos astronómicos, geográficos o sociales; también contenía juicios severos sobre la religión oficial, el clero, las ceremonias públicas, la educación, las relaciones familiares, la autoridad episcopal y la organización política del país. En una sociedad decimonónica fuertemente marcada por el peso de la Iglesia católica, un testimonio de este tipo podía ser leído no como una fuente valiosa, sino como una mirada extranjera, protestante, crítica e incluso hostil.
Por lo mismo, es plausible plantear que las críticas de Gilliss a la Iglesia, sumadas a sus observaciones sobre la vida social y política chilena, contribuyeron a que historiadores posteriores no lo incorporaran con fuerza como una referencia histórica legítima. Esta hipótesis debe formularse con cuidado: no basta con afirmar que fue silenciado solo por motivos religiosos. También pudieron influir otros factores, como el carácter extranjero de su obra, su publicación en inglés, la circulación limitada de sus volúmenes, el peso de otras tradiciones historiográficas nacionales y el hecho de que su expedición fuese recordada principalmente por su dimensión astronómica. Sin embargo, el tono crítico de sus observaciones sobre Chile, especialmente sobre la Iglesia católica, entrega un argumento sólido para entender por qué su testimonio pudo haber sido marginado o subvalorado.
En síntesis, Gilliss aparece como un observador incómodo. Su condición de protestante no invalida su testimonio, pero sí ayuda a comprender el sesgo desde el cual miraba la realidad chilena. A la vez, ese sesgo no debe llevar a descartar automáticamente sus observaciones, porque muchas de ellas registran tensiones reales de la sociedad chilena del siglo XIX: la exclusión religiosa, la subordinación del matrimonio civil a la autoridad eclesiástica, la dificultad de los protestantes para enterrar a sus muertos, el control simbólico del espacio público y la influencia de la Iglesia sobre la educación y la vida familiar. Precisamente por eso, Gilliss debería ser leído no solo como astrónomo o viajero, sino también como una fuente histórica relevante para estudiar las fricciones entre modernidad liberal, protestantismo extranjero y catolicismo oficial en el Chile republicano temprano.
Referencias: Gilliss, J. M. (1855). The U.S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere, during the years 1849–’50–’51–’52: Vol. I. Chile: Its geography, climate, earthquakes, government, social condition, mineral and agricultural resources, commerce, &c., &c. A. O. P. Nicholson. https://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-336533.html