Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio. 6 01 2026
Durante la mayor parte de la historia humana, la Vía Láctea fue un misterio. Esa franja blanquecina que cruza el cielo nocturno parecía una nube luminosa, un río celestial o el rastro de antiguas leyendas. A fines del siglo XVIII, un hombre se propuso algo extraordinario: medirla, contarla y dibujarla, utilizando únicamente un telescopio, paciencia infinita y una idea audaz.
Ese hombre fue William Herschel, uno de los astrónomos más influyentes de todos los tiempos. Famoso por descubrir el planeta Urano en 1781, Herschel estaba mucho más interesado en las estrellas que en los planetas, su verdadera obsesión era comprender la forma y el tamaño del sistema estelar al que pertenecemos, la Vía Láctea.
Un método simple pero arriesgado
Entre 1784 y 1785, con la ayuda fundamental de su hermana Caroline, Herschel desarrolló un método que llamó “sondeos estelares” (star-gages). La idea era ingeniosa y revolucionaria para su época, contar cuidadosamente las estrellas visibles en distintas direcciones del cielo, para tratar de inferir la forma del conjunto al que pertenecen.
Herschel imaginó que su telescopio miraba el espacio como si fuera un cono de visión, cuantas más estrellas aparecían dentro de ese cono, más profundo debía ser el sistema estelar en esa dirección. Repitiendo esta operación cientos de veces, barrido tras barrido, creyó poder reconstruir una sección transversal de la Vía Láctea, como si estuviera dibujando el perfil de una isla desde el interior.
El resultado fue impactante, un sistema con forma alargada, más extenso a lo largo del plano de la Vía Láctea que hacia los polos, y con el Sol ubicado cerca del centro. Por primera vez en la historia, alguien había intentado representar gráficamente la estructura de nuestra galaxia.
Los supuestos invisibles
El método de Herschel descansaba sobre dos supuestos cruciales. Primero, que las estrellas están distribuidas de manera más o menos uniforme dentro de la galaxia. Segundo, que su telescopio podía ver todas las estrellas existentes dentro de ese sistema. Ahora sabemos que ambos supuestos eran razonables… pero incorrectos.
La Vía Láctea no tiene una distribución estelar homogénea, las estrellas se concentran hacia el centro galáctico y se agrupan en cúmulos. Además, existe una extensa capa de polvo interestelar que bloquea la visión de las regiones más lejanas, especialmente a lo largo del plano galáctico. Ese polvo actuó como una cortina invisible para Herschel, limitando severamente su alcance observacional.
El propio Herschel lo intuyó, medida que construía telescopios cada vez más grandes, descubría nuevas estrellas donde antes veía oscuridad, y una neblina blanquecina que delataba la presencia de estrellas no resueltas. En un notable ejercicio de honestidad científica, reconoció que su telescopio no lograba sondear toda la profundidad de la Vía Láctea.
Cuando el error enseña más que el acierto
Desde una perspectiva moderna, el mapa de Herschel es incorrecto, el Sol no se encuentra cerca del centro galáctico, y la forma real de la Vía Láctea es mucho más extensa y compleja de lo que él pudo imaginar, sin embargo, su trabajo sigue siendo profundamente valioso porque muestra cómo funciona la ciencia.
El artículo revisado explica este proceso mediante simulaciones computacionales modernas que recrean los sondeos estelares de Herschel en galaxias virtuales. Cuando se cumplen sus supuestos, el método funciona sorprendentemente bien, pero cuando se limita la distancia de observación o se altera la distribución estelar, aparecen distorsiones, el observador siempre termina creyendo que está cerca del centro del sistema, exactamente lo que le ocurrió a Herschel.
Esto revela una lección fundamental, los datos no hablan solos, siempre son interpretados a través de supuestos, modelos y límites instrumentales. La ciencia avanza no solo corrigiendo errores, sino entendiéndolos.
Una lección que sigue vigente
Más de dos siglos después, seguimos cartografiando el universo con instrumentos mucho más poderosos, desde radiotelescopios hasta observatorios espaciales como Gaia o el telescopio James Webb. Y, sin embargo, el problema de fondo es el mismo, miramos el universo desde dentro, con una perspectiva inevitablemente limitada.
El legado de Herschel no es solo un mapa antiguo, sino una actitud científica ejemplar, atreverse a formular hipótesis audaces, aceptar sus límites y estar dispuesto a revisarlas. Su intento de dibujar la Vía Láctea no fue un fracaso, sino un paso esencial en el largo camino por comprender nuestro lugar en el cosmos.
Cartografiar la galaxia fue también una forma de cartografiar los límites del conocimiento humano, cartografiar el Cosmos lo sigue siendo.
Artículo base: Mapping the Milky Way:Williamm Herschel’s Star‐Gages Todd Timberlake, Berry College, Mount Berry, GA https://arxiv.org/pdf/1112.3635