Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio. 5 08 2026
El oro ha acompañado a la humanidad desde los albores de la civilización. Su color, su resistencia a la corrosión y su maleabilidad lo convirtieron en un material privilegiado para la orfebrería, la joyería y, más tarde, para la acuñación de moneda y el almacenamiento de riqueza. Sin embargo, tras el brillo de una joya o la solidez de un lingote se esconde una historia que se remonta mucho más atrás que cualquier imperio o dinastía: la historia del oro comienza en el espacio profundo, en fenómenos de una violencia extrema que tuvieron lugar antes de que existiera el Sistema Solar.
La extracción terrestre
En las minas, el oro no se presenta con el aspecto que luego luce en los escaparates. Para obtenerlo es necesario perforar montañas, abrir túneles y procesar enormes cantidades de roca. A menudo, se requieren toneladas de material para obtener apenas unos gramos del metal. Los mineros buscan vetas estrechas o partículas diminutas en medio del polvo, la humedad y el ruido de la maquinaria. Pero el esfuerzo no termina en la extracción: la roca triturada debe someterse a procesos químicos o físicos para separar el oro de los minerales que lo acompañan. Esa distancia entre la roca oscura y el metal brillante representa un enorme consumo de energía, paciencia y riesgo.
Un metal que atraviesa la historia
Desde la Antigüedad, el oro ocupó un lugar singular entre los materiales conocidos. Su color se asociaba al Sol; su brillo permanecía inalterable, sin corroerse como el hierro o el cobre. Podía fundirse con facilidad y trabajarse hasta obtener láminas extremadamente delgadas. Civilizaciones enteras lo emplearon en coronas, máscaras funerarias, objetos ceremoniales y emblemas de autoridad. Para muchas culturas premodernas, no era simplemente una mercancía: su valor dependía también de su permanencia y de su relación simbólica con fuerzas de la naturaleza.
Con el desarrollo del comercio, el oro se convirtió en moneda y en medida de riqueza. Reyes y Estados lo acumularon para financiar ejércitos, pagar deudas y respaldar el valor de sus monedas. Más tarde, los bancos centrales comenzaron a almacenarlo en cámaras protegidas como parte de sus reservas. Hoy, personas y países siguen conservando joyas, monedas o lingotes como forma de ahorro. Su valor procede de su escasez y de sus aplicaciones industriales, pero también descansa sobre la confianza construida durante milenios: la certeza de que seguirá siendo reconocido en lugares y épocas diferentes.
Sin embargo, aquello que se extrae de las montañas y se guarda en bóvedas no nació originalmente en la Tierra.
Lo que las estrellas pueden fabricar
El oro es un elemento químico. Cada uno de sus átomos posee un núcleo con 79 protones, y esa cantidad es la que determina que sea oro y no plata, mercurio o platino. Las estrellas producen nuevos elementos mediante reacciones nucleares: en su interior, núcleos pequeños se fusionan para formar otros mayores. Así se originan el carbono, el oxígeno o el silicio. En las estrellas más masivas, estas reacciones pueden continuar hasta producir núcleos cercanos al hierro.
Pero el hierro representa una barrera. La fusión de núcleos más pesados ya no libera energía del mismo modo. Por eso, elementos como el oro no pueden fabricarse en cantidades importantes mediante las reacciones normales que mantienen encendida a una estrella. Para construirlos se necesita otro mecanismo: una enorme concentración de neutrones libres y condiciones capaces de obligar a los núcleos atómicos a capturarlos en rápida sucesión.
Este mecanismo se llama proceso r, abreviatura de «proceso de captura rápida de neutrones». Es el responsable de la formación de aproximadamente la mitad de los elementos más pesados que el hierro, entre ellos parte del oro, el platino y el uranio. Durante el proceso r, un núcleo captura neutrones más rápidamente de lo que puede desintegrarse. Se forman así núcleos extremadamente ricos en neutrones e inestables. Luego, algunos de esos neutrones se transforman en protones, y el núcleo cambia de identidad química, transformándose en elementos cada vez más pesados. No se trata de una cadena sencilla: los modelos científicos describen miles de núcleos inestables, capturas de neutrones, desintegraciones radiactivas y procesos de fisión. El resultado final depende de la temperatura, la densidad de neutrones y la velocidad de expansión de la materia.
La colisión de dos estrellas muertas
Uno de los ambientes capaces de reunir estas condiciones es la colisión de dos estrellas de neutrones. Una estrella de neutrones es el resto compacto que queda después de la explosión de una estrella masiva. Contiene una masa semejante a la del Sol comprimida en una esfera de apenas veinte o treinta kilómetros de diámetro. La materia en su interior alcanza densidades tan elevadas que una pequeña porción tendría en la Tierra un peso inimaginable.
En algunos sistemas, dos estrellas de neutrones orbitan mutuamente. A medida que emiten ondas gravitacionales pierden energía, sus órbitas se reducen y los dos cuerpos se aproximan hasta colisionar. Durante la fusión, parte de la materia es arrancada y expulsada al espacio: es material extremadamente rico en neutrones. Cuando se aleja, se expande y se enfría, los núcleos capturan rápidamente neutrones y forman nuevos elementos mediante el proceso r.
La materia recién producida es radiactiva. Al desintegrarse sus núcleos inestables, liberan energía y calientan los restos expulsados, generando un resplandor transitorio llamado kilonova, visible durante días o semanas, principalmente en longitudes de onda ópticas e infrarrojas.
La señal que llegó en 2017
El 17 de agosto de 2017, los observatorios LIGO y Virgo detectaron una señal de ondas gravitacionales denominada GW170817, proveniente de la fusión de dos estrellas de neutrones a unos 130 millones de años luz. Poco después se detectó un estallido de rayos gamma y una fuente luminosa en la galaxia NGC 4993. Astrónomos de todo el mundo siguieron su evolución con telescopios sensibles a distintas regiones del espectro.
La luz cambió rápidamente: al principio fue relativamente azul, luego se debilitó y se desplazó hacia el rojo y el infrarrojo. Ese comportamiento coincidía con las predicciones para una kilonova alimentada por la desintegración radiactiva de elementos recién formados. Las observaciones demostraron que la fusión había expulsado distintos tipos de material y producido tanto elementos relativamente ligeros del proceso r como otros mucho más pesados. Fue la primera evidencia observacional sólida de que las fusiones de estrellas de neutrones son fábricas cósmicas de elementos pesados.
¿Todo el oro procede de estas colisiones?
Las fusiones de estrellas de neutrones son una fuente comprobada del proceso r, pero probablemente no la única. También se investigan otros fenómenos raros asociados con estrellas masivas, como ciertas supernovas y colapsares. La discusión actual no consiste en determinar si producen elementos pesados —sabemos que lo hacen—, sino en qué proporción del oro de nuestra galaxia procede de ellas y cuánto fue producido por otros eventos cósmicos.
Por ello, la afirmación más prudente es que el oro se formó en fenómenos cósmicos extremos ricos en neutrones, entre los cuales las fusiones de estrellas de neutrones cumplen un papel fundamental.
Antes del Sol y de la Tierra
Después de una colisión estelar, el oro no queda reunido en vetas ni en pepitas. Sus átomos son expulsados junto con otros elementos y se dispersan en el espacio. Con el paso de millones de años, ese material se mezcla con el gas y el polvo de la galaxia. Las estrellas nacen de nubes interestelares que contienen restos de generaciones estelares anteriores. Hace unos 4.600 millones de años, una de esas nubes comenzó a contraerse. En su centro se formó el Sol, y en el disco de materia circundante, los granos de polvo se unieron hasta originar asteroides, planetesimales y planetas. El oro ya estaba contenido en aquella nube. La Tierra no lo fabricó: lo incorporó durante su formación. Cada átomo de oro terrestre es, por tanto, más antiguo que el planeta.
El oro que descendió hacia el núcleo
La Tierra primitiva alcanzó temperaturas muy elevadas. Buena parte del planeta estuvo fundida. En ese estado, los materiales comenzaron a separarse: el hierro y otros metales densos descendieron hacia el centro y formaron el núcleo. El oro posee afinidad química por el hierro, por lo que una gran parte del oro original probablemente descendió junto con él. La mayor reserva de oro del planeta podría estar en el núcleo, a miles de kilómetros de profundidad. La presencia de oro en la corteza se explica en parte por la incorporación posterior de material procedente de asteroides y meteoritos, etapa conocida como acreción tardía.
La Tierra lo concentró
Aunque nuestro planeta no creó los átomos de oro, sí desarrolló los procesos geológicos capaces de reunirlos. En la mayoría de las rocas, el oro se encuentra demasiado disperso para ser extraído. La formación de un yacimiento requiere que fluidos calientes circulen por fracturas profundas, disuelvan pequeñas cantidades de metales y las transporten. Cuando cambian la temperatura, la presión o la composición química de esos fluidos, el oro precipita y queda depositado en vetas. Posteriormente, la erosión rompe las rocas, libera partículas de oro y las arrastra hacia ríos. Debido a su gran densidad, esas partículas se depositan donde la corriente pierde velocidad, formando depósitos aluviales.
Una reserva de tiempo
El oro atraviesa distintas escalas de la historia. En la escala humana ha sido símbolo de poder, adorno, moneda y reserva de valor. En la escala geológica ha viajado por el manto, los fluidos calientes y los ríos. En la escala astronómica es el resultado de acontecimientos ocurridos antes del nacimiento del Sol. Cuando alguien guarda una moneda o un país deposita lingotes en una bóveda, conserva una pequeña porción de materia fabricada en un episodio de extrema violencia cósmica, dispersada por la galaxia, incorporada a un planeta joven y concentrada lentamente por la acción de las rocas y el agua. El oro es una reserva de valor porque las sociedades han decidido reconocerlo como tal, pero también es, en un sentido material, una reserva de tiempo: una sustancia que permaneció mientras desaparecían estrellas, se formaban planetas y surgían las primeras manos capaces de extraerla de la tierra.
Referencia principal
Cowan, J. J., Sneden, C., Lawler, J. E., Aprahamian, A., Wiescher, M., Langanke, K., Martínez-Pinedo, G., & Thielemann, F.-K. (2021). Origin of the heaviest elements: The rapid neutron-capture process. Reviews of Modern Physics, 93(1), 015002.