CENTROS DE DATOS EN EL ESPACIO

Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio. 16 07 2026

LA NUBE ORBITAL ENTRE LA PROMESA Y EL RIESGO

Introducción

El crecimiento de internet, la inteligencia artificial y los servicios digitales exige cada vez más capacidad de cálculo. La Agencia Internacional de Energía proyecta que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos aumentará desde unos 485 teravatios-hora en 2025 hasta cerca de 950 teravatios-hora en 2030. Esta expansión intensifica el uso de electricidad, agua, suelo y materiales y ha impulsado una propuesta radical: trasladar parte de la computación al espacio (IEA, 2026).

La idea ofrece ventajas aparentes: radiación solar intensa, ausencia de nubes, ningún consumo de terreno urbano y menor necesidad de agua dulce. Sin embargo, el espacio no es un refrigerador natural. El vacío dificulta eliminar el calor; la radiación altera memorias y procesadores; las tormentas solares pueden afectar muchos satélites a la vez; y reparar, actualizar o retirar un equipo es mucho más difícil que en la Tierra. Si estos proyectos crecieran hasta miles de unidades, también aumentarían el brillo del cielo, las interferencias de radio, las colisiones, la basura orbital y las reentradas o caídas descontroladas de objetos espaciales.

De los experimentos a las constelaciones

A julio de 2026 todavía no existe en órbita un centro de datos comparable con las grandes instalaciones terrestres. Hay demostradores pequeños que prueban almacenamiento, procesamiento de imágenes e inteligencia artificial. Axiom Space instaló en 2025 la unidad AxDCU-1 en la Estación Espacial Internacional y lanzó dos nodos orbitales el 11 de enero de 2026. Estos reciben datos de otros satélites, los procesan y transmiten solo los resultados relevantes mediante enlaces ópticos; la empresa proyecta crecer desde kilovatios hasta megavatios, pero no ha fijado públicamente el número final de nodos (Axiom Space, 2026).

Starcloud lanzó en noviembre de 2025 Starcloud-1 con una GPU NVIDIA H100. Según la compañía, el satélite ejecutó modelos de IA y entrenó un pequeño modelo de lenguaje en órbita. Es un logro técnico, pero sigue siendo un servidor experimental, no una instalación industrial (Starcloud, 2025). Google, mediante Project Suncatcher, estudia satélites con procesadores TPU y enlaces ópticos; su primera misión contempla solo dos prototipos para comienzos de 2027, destinados a probar chips, comunicaciones y resistencia a la radiación (Google, 2025).

China ha presentado el plan más numeroso. La Three-Body Computing Constellation comenzó con 12 satélites lanzados el 14 de mayo de 2025 y pretende llegar a 100 en 2027. En paralelo, ADAspace propone una red de 2.800 unidades para 2035: 2.400 para ejecutar modelos ya entrenados y 400 para entrenamiento de IA, con una etapa de alrededor de mil satélites hacia 2030. Son metas declaradas, no una constelación ya desplegada (Xinhua, 2026).

También existe una experiencia lunar. El pequeño centro de datos Freedom, de Lonestar, viajó en febrero de 2025 a bordo del módulo Athena. Funcionó durante el trayecto y realizó operaciones breves tras el alunizaje, pero la misión terminó pronto por la orientación deficiente y la falta de energía del módulo. Fue una prueba de almacenamiento remoto, no una base de datos lunar permanente (Lonestar, 2025). La realidad, por tanto, se mide hoy en unas pocas decenas de nodos o computadores; las proyecciones más ambiciosas hablan de miles.

Ventajas reales y límites

La aplicación más lógica aparece cuando la información ya nace en el espacio. Los satélites de observación producen enormes volúmenes de imágenes que deben enviarse a estaciones terrestres. Un nodo orbital puede descartar tomas cubiertas por nubes, reconocer incendios, barcos o inundaciones, fusionar datos de varios sensores y transmitir únicamente alertas o resultados. Esto reduce el uso de enlaces de bajada y acorta la respuesta ante emergencias. También puede dar mayor autonomía a vehículos espaciales, estaciones y futuras misiones lunares. La ESA considera que procesar cerca del lugar donde se generan los datos es una de las aplicaciones más razonables de esta tecnología (ESA, 2024).

Otra ventaja es la separación física respecto de la infraestructura terrestre. Una copia de seguridad orbital o lunar puede quedar fuera del alcance directo de terremotos, inundaciones o cortes eléctricos regionales. Pero la distancia no garantiza seguridad absoluta: los enlaces de radio o láser pueden ser interferidos, bloqueados o atacados, y el proveedor debe proteger tanto los satélites como las estaciones terrestres.

La energía solar es intensa y no depende de las nubes, aunque los satélites en órbita baja atraviesan la sombra de la Tierra y necesitan baterías. Las órbitas sincronizadas con el Sol reducen algunos periodos de oscuridad, pero limitan las trayectorias disponibles y pueden concentrar más estructuras en zonas orbitales ya congestionadas. Para información producida en tierra, además, aparece una desventaja básica: subir los datos al espacio, procesarlos y devolverlos suele añadir latencia, enlaces costosos y riesgos que no existen en una red terrestre de fibra óptica.

El gran problema del calor

El espacio parece frío, pero el vacío es un excelente aislante. En la Tierra, el aire o el agua retiran calor por convección. Fuera de la atmósfera no hay aire exterior: el calor debe viajar desde los chips por conducción hacia placas, tuberías y líquidos refrigerantes y, finalmente, llegar a radiadores que lo emiten como radiación infrarroja. La NASA resume el problema con claridad: en el vacío el intercambio térmico externo ocurre por radiación y dentro de la nave por conducción; no existe convección exterior (NASA, 2024, pp. 207–208).

Casi toda la electricidad consumida por un computador termina transformada en calor. Por eso, un centro orbital de un megavatio debe expulsar aproximadamente un megavatio térmico. Un radiador ideal entre 300 y 350 kelvin necesitaría del orden de 1.200 a 2.200 metros cuadrados por megavatio; un diseño real requeriría más superficie por la emisividad de los materiales, la orientación, la radiación procedente de la Tierra y la necesidad de evitar el Sol. Cien megavatios podrían exigir decenas de canchas de fútbol en radiadores; un gigavatio, varios kilómetros cuadrados, además de paneles solares, baterías, antenas y estructura. Más superficie significa más masa de lanzamiento y mayor exposición a micrometeoritos y basura orbital.

¿Cuánto tarda en fundirse un chip? No existe un tiempo universal. Depende de su potencia, masa, encapsulado y contacto con el disipador. Si un procesador potente perdiera por completo la refrigeración, podría superar su temperatura segura en segundos o decenas de segundos. Sin embargo, normalmente reduciría su velocidad, se apagaría o sufriría daños en soldaduras y conexiones mucho antes de que el silicio se fundiera. El riesgo principal no es una fusión instantánea, sino la falla de una bomba, una fuga de refrigerante o la perforación de un radiador. En tierra se sustituye la pieza; en órbita puede perderse un módulo completo.

Radiación, tormentas solares

Los circuitos espaciales reciben partículas procedentes del Sol, los cinturones de radiación y fuentes cósmicas. Una sola partícula puede cambiar un bit de memoria, bloquear un procesador o producir una corriente destructiva. Para reducir estos efectos se usan memorias con corrección de errores, redundancia, reinicios automáticos, blindaje y componentes resistentes a la radiación. Estas medidas aumentan masa, consumo y costo (Berg, 2012).

Las tormentas solares elevan el flujo de partículas y pueden degradar sensores, memorias, sistemas de orientación y paneles solares. El 19 de enero de 2026, NOAA registró una tormenta de radiación S4 —severa—, más intensa que las tormentas de octubre de 2003, lo que confirma que el peligro es real (NOAA, 2026a). Una red formada por miles de satélites similares tendría además un riesgo sistémico: si todos comparten el mismo chip, software o protección, un defecto común o una tormenta intensa podría provocar fallas correlacionadas.

El Evento Carrington

Ocurrió entre el 1 y el 2 de septiembre de 1859. Richard Carrington y Richard Hodgson observaron de manera independiente una intensa llamarada de luz blanca en el Sol y, aproximadamente 17,6 horas después, la Tierra experimentó una de las tormentas geomagnéticas más intensas documentadas. Se observaron auroras en latitudes tropicales y muy próximas al ecuador, incluso en Colombia. Las redes telegráficas de Europa y Norteamérica sufrieron interrupciones, corrientes anómalas, descargas y fuertes chispas; algunas líneas continuaron funcionando durante cerca de dos horas con sus baterías desconectadas, alimentadas únicamente por las corrientes inducidas por la tormenta geomagnética .(Oliveira 2020 )

Si se repitiera hoy un evento comparable, una constelación informática podría sufrir pérdida de comunicaciones, errores simultáneos, degradación de paneles y daños permanentes. El calentamiento de la atmósfera superior aumentaría el frenado de los satélites en órbita baja, haciendo que algunos perdieran altura; los aparatos sin maniobra podrían desviarse, reingresar antes de tiempo o elevar el riesgo de colisiones (NOAA, 2026c; ESA, 2025a). No todos los centros se quemarían ni que necesariamente desaparecerían internet, los bancos y el GPS en todo el planeta. Sí es razonable anticipar que un episodio extremo podría combinar fallos orbitales con interrupciones de comunicaciones, navegación, redes eléctricas y servicios digitales. La dependencia mutua entre centros terrestres, satélites, energía y telecomunicaciones puede amplificar el daño.

Cielo nocturno, colisiones y caída de estructuras

Los centros orbitales necesitan grandes paneles solares, radiadores y antenas. Miles de estructuras no formarían una cubierta opaca, pero producirían puntos y líneas brillantes, sobre todo cerca del amanecer y el atardecer, y sus emisiones podrían interferir con radiotelescopios. La Unión Astronómica Internacional advierte que las megaconstelaciones ya afectan la astronomía óptica y radioastronómica (CPS, 2024). Los radiadores agravan el problema porque deben presentar grandes superficies al espacio, aunque se fabriquen con materiales poco reflectantes.

El entorno orbital ya está congestionado. La ESA informó en 2025 que se seguían unos 40.000 objetos, entre ellos alrededor de 11.000 satélites activos, y estimó más de 1,2 millones de fragmentos mayores de un centímetro. A velocidades orbitales, un objeto de ese tamaño puede destruir un satélite. Una colisión genera nuevos restos que pueden golpear otras naves y alimentar una reacción en cadena, conocida como síndrome de Kessler. La ESA advierte que la basura podría seguir creciendo incluso si cesaran los lanzamientos, porque las fragmentaciones producen residuos más rápido de lo que la atmósfera los elimina (ESA, 2025).

Los centros de datos serían especialmente vulnerables por su gran área. Un fragmento no necesita destruir toda la estructura: basta con perforar una tubería, dañar una batería o cortar una conexión. Al final de su vida, los satélites en órbita baja reingresan. Gran parte se quema, pero piezas de titanio, acero u otros materiales pueden alcanzar el suelo. ESA y NASA utilizan como referencia un riesgo máximo de una víctima entre diez mil por cada reentrada; si se supera, se exige un descenso controlado sobre zonas no habitadas.

La escala transforma el problema. Si una red de 2.800 satélites durara en promedio cinco años, habría que sustituir unos 560 por año: más de una reentrada diaria. Es un ejemplo hipotético, pero muestra cómo un riesgo individual pequeño puede convertirse en exposición permanente. Algunos aparatos conservarán combustible para descender de manera controlada; otros perderán comunicaciones, serán golpeados o quedarán inutilizados por radiación y tormentas solares.

La paradoja de Jevons y la comparación con la Tierra

En 1865, William Stanley Jevons observó que las máquinas de vapor más eficientes no redujeron el consumo británico de carbón. Al abaratar su uso, favorecieron la instalación de más máquinas y el crecimiento industrial. Este efecto rebote puede aplicarse a la IA: chips más eficientes reducen el gasto por cálculo, pero también permiten multiplicar aplicaciones, usuarios y centros de datos, de modo que el consumo total puede aumentar (Jevons, 1865).

En el espacio, procesadores más pequeños y eficientes harían posibles satélites más livianos y baratos, pero podrían estimular el lanzamiento de miles de unidades y aumentar el uso total de cohetes, paneles, baterías, blindajes y radiadores. La misma eficiencia, sin embargo, beneficia a los centros terrestres: reduce espacio, calor y costo; permite reparar equipos, cambiar procesadores y conectarlos directamente a redes eléctricas y de fibra. Por eso, la paradoja de Jevons no hace inevitable la migración al espacio. El uso orbital es convincente cuando los datos nacen allí o cuando se necesita una copia muy aislada; es mucho menos eficiente enviar datos terrestres al espacio para devolverlos después.

Conclusión

Los centros de datos espaciales ya no son una fantasía: existen procesadores, memorias y sistemas de IA funcionando en órbita y se han realizado pruebas en la Luna. Sus primeras aplicaciones útiles serán probablemente el análisis de datos producidos por satélites, el control autónomo de misiones y el respaldo de información especialmente valiosa.

Sin embargo, todavía hay una enorme distancia entre un servidor experimental y una industria orbital de megavatios o gigavatios. La energía solar puede ser abundante, pero enfriar exige radiadores gigantescos; el cielo parece vacío, pero contiene millones de fragmentos; y la mayor eficiencia de los chips puede terminar multiplicando las estructuras. La nube orbital no sería inmaterial ni limpia por definición: estaría formada por toneladas de paneles, baterías, blindajes, refrigerantes, antenas y radiadores. Antes de trasladar masivamente la computación fuera de la Tierra habrá que demostrar que sus beneficios superan sus costos económicos y sus riesgos para la astronomía, la seguridad orbital, la atmósfera y las personas que viven bajo esas estructuras.

Referencias

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Berg, M. D. (2012). Field programmable gate array (FPGA) single event effect (SEE) radiation testing. NASA Electronic Parts and Packaging Program.
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CPS. 2024. Call to Protect the Dark and Quiet Sky from Harmful Interference by Satellite Constellations.

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