EL ÉTER EN TIEMPOS DE JUAN MOUAT

Patricio Bustamante Díaz. Fundación Altura Patrimonio. 3 01 2026

Un universo que necesitaba un soporte

Cuando Juan Mouat realizaba observaciones astronómicas en Valparaíso a partir de 1843, la ciencia occidental compartía una convicción fundamental: la luz no podía propagarse sin un medio. Esta idea, hoy abandonada, era entonces una conclusión lógica derivada del conocimiento disponible. Si la luz era una onda, debía existir algo que vibrara.

En ese contexto, la hipótesis del éter luminífero, no solo era aceptada, era necesaria. No se trataba de una especulación marginal, sino del andamiaje conceptual que sostenía la física de la luz, el electromagnetismo naciente y la astronomía observacional. Así resulta historiográficamente legítimo caracterizar al siglo XIX como el “siglo del Éter”.

El éter como hipótesis estructurante.

Durante gran parte del siglo XIX, el éter funcionó como el medio invisible y omnipresente en el universo, que llenaba todo el espacio —incluido el vacío interplanetario e interestelar— y permitía la propagación de la luz a enormes velocidades.

El éter debía poseer propiedades extraordinarias: ser extremadamente rígido para sostener ondas rápidas, pero al mismo tiempo no ofrecer resistencia al movimiento de planetas y estrellas; ser universal, pero imperceptible; físico, pero no material en el sentido ordinario. Lejos de ser una debilidad, estas tensiones reflejan el esfuerzo del siglo XIX por preservar la coherencia mecánica del universo.

El consenso científico en tiempos de Mouat

En los años en que Mouat desarrolló su labor a partir de 1843, la existencia del éter no estaba en discusión. Manuales, tratados y cursos universitarios lo daban por sentado. El debate no giraba en torno a su existencia, sino a su naturaleza exacta.

Figuras centrales de la física del período trabajaban dentro de este marco, Augustin-Jean Fresnel consolidó la teoría ondulatoria de la luz y postuló la existencia de un medio invisible omnipresente llamado éter luminífero. François Arago intentó detectar experimentalmente el movimiento de la Tierra respecto de ese medio. Más adelante, James Clerk Maxwell formuló sus ecuaciones del electromagnetismo suponiendo un sustrato continuo capaz de sostener ondas electromagnéticas.

El siglo XIX no solo heredó el éter: lo refinó, lo matematizó y lo llevó a su máxima sofisticación teórica.

Astronomía en Chile bajo un universo etéreo

La astronomía practicada en Chile a mediados del siglo XIX se desarrolló plenamente dentro de este universo conceptual. La luz observada por Mouat —proveniente de estrellas, planetas o fenómenos transitorios— se entendía como viajando durante años o siglos a través del éter antes de alcanzar los instrumentos.

Cuando James Melville Gilliss llegó a Chile en 1849 para organizar el observatorio del Cerro Santa Lucía, compartía exactamente el mismo marco teórico. Mouat y Gilliss no eran excepciones locales, sino parte de una comunidad científica internacional cohesionada por una visión común del cosmos.

El éter no interfería con la práctica observacional cotidiana, pero actuaba como supuesto de fondo, invisible y omnipresente, que hacía inteligible la astronomía misma.

Un vacío que no era vacío

Desde la perspectiva actual, el éter puede parecer una construcción artificial, sin embargo, para el siglo XIX, la idea de un espacio absolutamente vacío resultaba intelectualmente problemática. El éter llenaba ese vacío conceptual, dotando al universo de continuidad, estructura y sentido físico.

En este aspecto, el éter cumple una función comparable —aunque no equivalente— a nociones modernas como el campo físico, el espaciotiempo, o el vacío cuántico.

Todas expresan una intuición persistente, el universo no es un escenario pasivo, sino una realidad estructurada que participa activamente en los fenómenos físicos.

El fin del siglo del Éter

En tiempos de Juan Mouat el éter no estaba en crisis, los cuestionamientos  aparecerían recién hacia las últimas décadas del siglo XIX, experimentos cada vez más precisos fracasaron en detectar el movimiento de la Tierra respecto de ese medio.

El experimento de Michelson y Morley (1887) buscó detectar el movimiento de la Tierra a través del éter luminífero midiendo posibles diferencias en la velocidad de la luz en distintas direcciones. El resultado fue negativo, mostró que la velocidad de la luz es constante, marcó el inicio del colapso conceptual del éter, pero no su resolución definitiva. Esta llegaría recién en 1905, con la relatividad especial de Albert Einstein, desde esta perspectiva es posible decir que el siglo XIX se cierra intelectualmente con la crisis del éter y que el siglo XX comienza con su abandono.

Mirar el pasado con justicia histórica

Designar al siglo XIX como el siglo del Éter permite comprender cómo la ciencia avanza mediante hipótesis estructurantes, necesarias en su tiempo y reemplazables cuando cambian las condiciones teóricas y experimentales.

Juan Mouat observó el cielo desde un universo poblado de éter porque ese era el universo científicamente concebible de su época. Reconocerlo sitúa su figura con precisión en la historia global de la ciencia.